¿Los traumas alguna vez se pasan de verdad?
Eso es lo que yo verdaderamente me pregunto ahora.
¿Se llegan a pasar los traumas?
Al menos la parte automática.
La que reacciona y no sabes por qué.
La que sale a la defensiva,
sin a ti darte tiempo a pensar.
Realmente, lo que las relaciones de adulto tienen de adulto son los traumas.
Y la carencia de inocencia e ilusión (a causa de estos, a causa de crecer).
Y la verdad, me sigue pareciendo absolutamente surrealista que, al final, todo lo que hacemos, vivimos, somos y tenemos de adultos esté totalmente condicionado y limitado a los traumas. Somos ellos.
Estamos hechos de ellos.
Son nuestros mayores miedos y peores debilidades.
Los anhelos más secretos y las pesadillas más innombrables.
Así como es surrealista que todo el tema de la salud mental sea algo tan ignorado en cuanto a eje y centro en torno al cual todo gira cuando eres mayor.
Me parece la mentira más grande de esta sociedad. El secreto mejor guardado.
Me parece fortísimo que nos hayan ocultado toda la vida,
toda nuestra niñez,
que ser adulto no iba a ser aprender a pagar impuestos y leer facturas,
sino pasarnos décadas descifrando nuestras reacciones en determinadas circunstancias;
otras tantas para aceptarlas,
y muchas más para intentar sanarlas
(algo que, muchísimas gente, no conseguirá nunca).
Sin decirnos que el mayor desafío de hacer una vida no era buscar trabajo, sino mantenerlo;
buscar marido/esposa, sino aceptarlo/a y ser aceptado/a;
tener y criar hijos, sino tener a nuestro niño interior lo suficientemente calmado
como para no añadir historias antiguas a generaciones nuevas.
Y evitar en la medida de lo posible, seguir generando trauma,
teniendo en cuenta que es totalmente imposible no provocar ninguno.
Y, sobre todo, que ser adulto es pasarte la vida ocultando historias,
fingiendo normalidad,
sufriendo y reviviendo traumas ante según quienes,
o ante ti mismo.
Que los que te rodean de mucho
se quejen de tus patrones y conductas aprendidas,
de tus cambios de humor repentinos.
Y que a toda persona nueva que venga a tu vida
a quedarse,
no importa si en la juventud, madurez o vejez,
vas a tener que contarle, una vez más,
qué te duele,
qué te hace saltar,
por qué.
Y revivir una vez más.
Aunque estés cansado.
Y doler una vez más.
Infinitamente.
Y seguir repitiendo el ciclo.
Mil veces.
Eternamente.
E imagina que ya en la vejez,
en esos momentos en los que la gente ya dice que se quiere morir.
Imagina que entonces,
y solo entonces,
puede pasar que por fin sientas más cura que herida,
que ya no sientas que vas a sanar más,
que ya sanar no te sirva para nada,
que la gente que te ayudaba a sanar ya no está,
y que no te interesa revivir los traumas una vez más,
tras tantísimas décadas contándoselos a nadie más.
Y por eso ya te rindes.
Así te quedas.
No va a más.
Avatar congelado
sin más desarrollo de personaje.
Y aun así, lo más fuerte de todo,
es seguir manteniendo el secreto,
generación tras generación.
De que ser adulto es difícil y duro porque hay muchas responsabilidades,
algo para lo que te preparan toda la niñez.
Pero sin mencionar que es en realidad
el momento en el que más vulnerable eres.
Más niño te sientes.
Y más ayuda necesitas.
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