miércoles, 4 de marzo de 2026

Personaje secundaria

No estoy acostumbrada a no tener amigos. 

El otro día escuché a alguien decir que se había dado cuenta de que era mucho más fácil salir en citas en una nueva ciudad que encontrar una persona que quisiera una amistad real.

Ahora prueba en un nuevo país. En otra cultura, idioma. Lejos de todos y todo lo que alguna vez te fue familiar.


"No necesito otro primer beso, solo necesito un buen amigo".


En mi vida me he sentido más sola.

Es más, en mi vida creo haberme sentido sola. No así. No tan de verdad.
He sentido soledad a ratos, por supuesto.
Pero ni cuando más tiempo lo he estado, o más literalmente sola me he encontrado.

Porque, como toda emoción, es al fin y al cabo lo que hacemos de ella en nuestra cabeza.

No es una soledad de no conocer a nadie.
Es la contraria. 
No la que se supone que habría tenido que sentir al mudarme a un sitio nuevo.

Es la de conocer a tanta gente y que nadie me toque.
Y que nadie tenga tiempo para mí.

Podría quedar con gente ahora mismo y decirles que en mi vida me he sentido tan sola,
algo que normalmente nunca verbalizaría, 
y me quedaría igual.

Mucha gente que sabe quién soy,
pero no me conoce.

Harta de que actuemos como si esta mierda de vida adulta que estamos creando fuera normal o estuviera bien.

Toda la gente que sí me conoce y que apenas tiene tiempo para abrir un mensaje de Whatsapp, 
mucho menos responderlo o dar señales de vida por sí misma.

Gente que empieza a conocerme a fondo y desaparece.
De toda clase y tipo.
De un día para otro.
Por un enfado,
por una ausencia,
o sin razón aparente

Ya el ghosting no necesita ni de estar ligando.

Gente que cree querer entrar en tu vida y luego cambia de idea.

Gente que puede desaparecer el tiempo que quiera,
ignorar o no responder.
Pero que a la mínima que lo intentas tú, ya no es válido.


Y mientras, tanto tanto tiempo y energía. 

Contar las mismas historias,
compartir tus perspectivas,
tratar de hacerte entender,
y cada vez con menos entusiasmo.

Cada vez más con más reticencias, esperando a que desaparezcan una vez más. 

He perdido a tantísima gente, 
nueva y antigua,
a diario,
semanal o mensualmente.

No estoy acostumbrada a no tener amigos, 
porque soy yo.
Porque siempre hago amigos por donde voy,
porque siempre me encuentro a las personas más extraordinarias en cualquier parte, 
y en las circunstancias y momentos más inesperados y aleatorios.

Siempre me maravillo,
siempre están para mí,
siempre creo que no los merezco.

Y siempre, siempre, he contado con los de siempre.

Pero ahora, hasta los de siempre...
Cuanto más tiempo paso fuera, 
más se acostumbran a mi ausencia permanente.
A que nunca estaré.

Y "no importa tanto" que no estén tan presentes porque es normal,
ellos tienen su vida y yo la mía.
Pero la verdad es que cuanto más se acostumbran ellos,
más me pesa a mí el tiempo.
Más me duele.

Porque el tiempo causa efectos diferentes según las circunstancias.
Según a quién se queda y a quién se va.

Si tan solo pudieran entender por un segundo lo necesario que es para la persona que está fuera recibir un mensaje.

"Cuando está callada es cuando hay que hacerla hablar"

Familia que te culpa y acusa,
pero que apenas da una señal en fechas importantes.

Amigos que se van distanciando porque es demasiado trabajo mantener el contacto con alguien que de todas formas no está presente en el día a día.

"Ya hablaremos cuando esté presente físicamente".

Y ese es precisamente el problema. 

Dejar un simple mensaje sin responder, 
semanas, meses,
porque "no pasa nada un día más".

Pero cada día de más, la soledad es más fuerte.
El abandono.
La desaparición.
Perder a gente.

Reexplicarse.
Nunca tener una zona de confort.
Un círculo.
Gente con quien relajar el sistema nervioso.

La que se fue, la independiente
la oveja negra, la callada,
la libre, la que va a su bola,
la que no necesita a nadie.

Pero la que está de verdad sola, 
para todo, 
día tras día.

La personaje secundaria 
de compañeros de trabajo,
jefes, caseros, conocidos.

"La que está ahí."

¿Cuándo vienes?
Pero nunca cómo estás cuando no estás aquí.

No viniste a la boda,
al bautizo,
no viniste a verme

Pero quién vino a verme a mí
entre papeles,
médicos y enfermedades,
cambios de trabajo,
mudanzas, 
relaciones tóxicas,
situaciones de las que no sabía cómo salir,
rupturas.

A cada cumpleaños, 
navidad y año nuevo 
sin nadie que me conociese de verdad.
O sin poder celebrarlo,
mientras toda la gente de siempre lo hacía allí.

Cada vez que tuve que empezar de cero otra vez,
cada vez que tuve que volver a reconstruirme.
Todas las veces que no podía más.
Y cada día de absoluto silencio y soledad.

A compartir una comida, una copa.
A escucharme.
A preguntar.
A interesarse.
A tan solo acordarse de mí cinco minutos.


Olvidada.
La que no abre la boca, 
pero literalmente,
día tras día,
se consume.

La que solo existe en las vidas de todos cuando vuelve unos días de visita. 
Y luego vuelve a quedarse en pausa en las mentes de todos.
Hasta la próxima. 

Pero no en la de ella.

En la de ella se quedan todos, siempre.
De antes, de entonces y de ahora. 

La personaje principal,
dónde,
de qué,
en qué vida,
y para quién.





No hay comentarios:

Publicar un comentario