jueves, 26 de agosto de 2021

Una carretera de posibilidades

Hace poco escribí: 

"Quiénes somos en realidad, y por qué estamos dejando que la vida nos consuma de esta forma"

En otra de esas entradas del millón y medio de publicaciones de crisis existenciales que tengo cada dos días.

Pero hoy, pensándolo un poco más, creo que ya sé el porqué. O, al menos, tiene más sentido así.

La gran cuestión y respuesta a todo este descontrol, a esta sensación de vacío, este "estar perdido", estas crisis existenciales y el sentir que estás en un lugar en el que no deberías estar, o muy lejos de aquel en el que creías que estarías... 

Supongo que la mayor diferencia es que cuando somos pequeños, tenemos todo ese mundo de posibilidades e ilusiones, ideas, locuras, escenarios de película y cuentos de hadas, profesiones imposibles, creaciones innovadoras y ese poder de elegirlo y cambiarlo todo, una y mil veces.

Un futuro entero, vacío y listo para dibujar en él.

Un futuro donde todo es posible y mil alternativas aparecen. 

Es completamente infinito, y aun deseando que llegue, nunca lo hace.

O eso parece.

Y siempre lo decidimos desde nuestra situación privilegiada (al menos, afortunadamente, muchos de nosotros). 

La de un niño o niña, protegido en casa, con una familia que lo cuida, cuya única preocupación es la de estudiar, jugar, hacer caso a mamá e imaginar.

Pero ese futuro que nunca llega, esa adultez que todos añoramos y que hace la niñez aún más infinita, termina llegando.

Claro que lo hace.

Llega, y no nos damos cuenta de cuándo, hasta que ya lleva tiempo instaurada.

Y ahora, de adultos, solo envejecemos.

En algún momento, nos vemos inmersos en una única posibilidad. Una sola. Y parece que el otro millón y medio de ellas ya nunca será posible, y cada vez está más lejos. 

Y cualquier decisión -que, esta vez, depende completamente de nosotros-, cualquiera, significa renunciar a otra. 

En la mayoría de los casos, a otras.

Ya no hay mamá o papá a quien reprocharle o culpar de decisiones buenas o malas, de obligarnos a hacer algo que no queremos o de conseguir que hiciéramos lo que más nos convenía. 

No hay más camino en línea recta que seguir, sino que el cúmulo infinito de posibilidades también supone de repente un laberinto, una encrucijada, una pista de scalextric, llena de desvíos. 

Y ahí empieza el juego de los caminos por tomar. 

Unos tienen final, otros no.

Unos vuelven al mismo sitio, o a otro parecido.

Unos te hacen ir a contramano, otros se entrelazan. 

Algunos se alejan o te alejan del resto, otros te acercan cada vez más, o se acercan entre ellos.

Hay muchos desconocidos que decepcionan y otros que sorprenden.

Y tantos otros que conoces demasiado bien, y sigues recorriendo sin saber por qué, te espere algo malo o bueno detrás. 

También otros de los que huyes. Y alguno que nunca tomarías. O no solo.

Ahí sí que hay posibilidades infinitas.

Pero ya no es una línea recta. Ya nunca más es una línea recta, ni una jerarquía, ni una montaña que hay que ir escalando piedra a piedra. Simplemente porque ya no hay un sitio al que subir. Hay muchísimos. Y de los que bajar. Y a los que rodear. 

Y cada uno de nosotros somos los únicos que elegimos qué dirección tomar en cada cruce. 

Cuándo volver atrás. 

Cuándo cambiar el rumbo.

Cuándo dejar de caminar, cuándo hacer una pausa para almorzar o cuándo acelerar.

O, en el peor de los casos, en los que nos bloqueemos o tengamos demasiado miedo a seguir avanzando, o nos demoremos en elegir más de lo normal, alguien más decidirá por nosotros. 

Una vez más. 

Pero, esta vez, probablemente sea menos "por nuestro bien" de lo que lo hizo nuestra familia.

Y puede que cuando ya estemos muy lejos, nos demos cuenta de que no queríamos llegar allí y tengamos que volver a hacer maletas y salir a la carretera. De nuevo. 

Y claro, todo eso asusta. Y mucho.

No hay comentarios:

Publicar un comentario